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El motivo por el que no he tomado una gota de cerveza en las últimas tres semanas y contando

Un diente, un puto diente.

La salud, por suerte, nunca había sido una preocupación para mí. La única enfermedad grave que sufrí fue neumonía cuando tenía 10 años (la historia de cómo la agarré es bastante interesante en sí). Desde entonces, además de la muy ocasional gripe y otros pequeños malestares, siempre me había sido saludable. Ahora, con 47 años, estaba en buena fomra, era activo, nunca había sido fumador, comía bien, no tenía problemas de peso, y hasta había amainado un poco con el escabio porque, bueno, ya no soy ningún pendejo y me di cuenta de que si quería seguir disfrutando de la cerveza por muchos años, mejor sería bajar un par de cambios en el consumo. Y a pesar de todo eso, ese diente hijo de puta casi me mata.

Todo empezó el martes 18 de septiembre. Me desperté sintiéndome un poco mal, pensé que era una de esas cosas de las que te podés recuperar tomándote el día para descansar y dormir. Había, sí, un ligero, pero molesto dolor cerca del oído izquierdo, pero no le presté demasiada atención, creí que era solo otro síntoma. El dolor empeoró durante el día, pero aún creía que desaparecería en un par de días.

El día siguiente me sentía mucho peor. Tenía problemas para tragar, el dolor era más intenso y el lado izquierdo de mi cuello ya estaba inflamado. Si alguno de ustedes se pregunta por qué no fui al médico, la mejor respuesta que puedo darles es que soy un pelotudo. No sé qué diferencia habría hecho al final de cuentas, pero para entonces es probable que ya estuviese poniendo mi vida en riesgo.

El jueves 20 de septiembre ya no podía aguantar más. En los últimos dos días apenas había comido y dormido y el dolor era insoportable; la inflamación también había empeorado considerablemente. Después de despachar a la pequeña al colegio, le pedí a mi mujer que me lleve al hospital. Salimos de casa en algún momento antes de las nueve. El tráfico en Praga, como era de esperarse, era atroz. El último par de kilómetros hasta Motol fue eterno, la patrona putueando a todo aquel que alguna vez se haya sentado detrás de un volante y el dolor me estaba matando. Estacionamos en el complejo del Hospital Universitario de Motol algo después de de las nueve y media y fuimos derecho al departamento de otorrinolaringología (ORL). Por suerte, no tuve que esperar mucho para que me vea un médico, que hizo las preguntas habituales (la mayoría contestadas por mi mujer porque yo no podía hablar sin babear). Después de revisarme, llamó a un colega con más experiencia, que me examinó y me mandó a que me hagan una tomografía computada de inmediato. Luego del procedimiento, me llevaron de vuelta al consultorio (ya en silla de ruedas) en donde me dijeron que iba a ser internado en la unidad de terapia intensiva (UTI) y que me iban a operar tan pronto como sea posible, sino antes.

Decir que me sentía confundido y terriblemente fuera de mi elemento cuando me recibieron en terapia intensiva es un eufemismo. Médicos y enfermeras me daban instrucciones, hacía preguntas, me metían agujas, realizaban procedimientos de rutina, me daban papeles y permisos para firmar y me proporcionaban información que me era difícil procesar, todo mientras el dolor seguía y ahora estaba solo (a mi mujer la mandaron a casa con un número de teléfono al que podría llamar más tarde). Para empeorar la situación, me di cuenta (creo que mientras dos enfermeras me afeitaban la barba y trataban de animarme) de que mi boca ahora se estaba llenando con algo que sabía (y parecía y olía) a agua de ciénaga en una tarde de verano, aderezada con una buena dosis de malas intenciones.

Me llevaron a la sala de operaciones a temprano a la tarde. Ahí, la anestesióloga me hizo un par de preguntas más antes de poner la máscara sobre la nariz y boca, y dijo que iba a darme un poco de oxígeno. Lo último que recuerdo fue notar que el oxígeno tenía un olor raro. Cuando volví a abrir los ojos, la operación había terminado. Me estaban poniendo de nuevo en la cama en la que me trajeron de la UTI. La experiencia me pareció fascinante. No fue para nada como quedarse dormido (ni siquiera me acuerdo de cerrar los ojos), no soñé nada ni sentí que había pasado tiempo. Fue como si alguien hubiese apretado un botón que por un rato apagó mi mente, mi consciencia y mi yo. Ahora me pregunto qué opinan de esto los filósofos.

La operación en sí resultó ser más complicada de lo esperado. La causa del problema, en pocas palabras, había sido una infección en el ya mencionado diente, la muela de juicio inferior izquierda, para ser más precisos. Lo que complicó las cosas fue que el conchudo ese se había fusionado al hueso de la mandíbula, lo cual permitió que la infección se propague más rápida y agresivamente por el cuello y, cuando llegué al hospital, ya estaba entrando en el pecho (que conste que ni siquiera había sentido un dolor de muelas). Tuvieron que llamar un especialista en cirugía dental para que les ayude a sacar la muela. Fue un caso muy especial. Unos días más tarde, el jefe del departamento de ORL del hospital, un profesional con varias décadas de práctica encima (que también parece un personaje esterotípico de un programa de tele que transcurre en un hospital), me contó que mi caso había sido algo que nunca había visto antes.

De vuelta en la habitación, me sentía mejor; o mejor dicho, menos mal. Todavía había mucho malestar, mi respiración sonaba como alguien tomando despacio lo que queda en el fondo del vaso con una pajita, pero sabía que estaba fuera de peligro (y bajo los efectos de analgésicos fuertes). Ahora, sería solo cuestión de unos días, como mucho una semana, antes de poder volver a casa y recuperarme, o así creía, y mierda que estaba equivocado.

Para la mañana del viernes, mi respiración no había mejorado y, lo que es peor, seguía sin poder tragar nada. Este último problema fue solucionado de una manera muy simple, y para mí nada agradable, por el jefe del departamento, que me metió por la nariz una sonda que bajaría por mi esófago mediante la cual me podrían dar un cóctel especial de proteínas y otras sustancias nutritivas por los próximos once días. En realidad, tuvo que hacerlo dos veces, el primer tubo por algún motivo no funcionó. Y la joda recién empezaba ese día.

A la tarde, ya cuando empezaban a llegar las enfermeras del turno noche, me llevaron de urgencia a otra tomografía. Los resultados de los análisis de sangre indicaban que algo estaba muy mal. Alrededor de una hora más tarde, el cirujano que me había operado antes vino a darme las noticias. La tomografía encontró otro foco de infección, que había aparecido en las últimas 24 horas, esta vez en el lado derecho de mi cuello. Me iban a tener que operar de nuevo para sacarlo y, como premio, me iban a hacer una traqueostomía porque era la única manera de solucionar el problema de mi respiración.

Apagarme tardó un poco más ahora. La máscara no encajaba bien por la inflamación en la cara y el tubo que salía de la nariz tampoco era de gran ayuda, pero igual no me recuerdo cerrar los ojos y quedarme dormido. El despertar, por otro lado, fue un tanto menos tranquilo. Como la vez pasada, cuando recuperé la consciencia me estaban poniendo de nuevo en la cama, pero esta vez me dio un ataque de pánico. No estoy seguro de qué lo causó, tratar de decir algo y darme cuenta de que no podía articular sonidos o notar algo fuera de lo común con mi respiración, o probablemente la combinación de ambos. En cualquier caso, me volví loco, es posible que hasta traté de saltar de la cama. Hicieron falta cuatro o cinco personas para contenerme mientras otra me inyectaba un sedante. No tengo recuerdos del resto de la noche y no me quejo.

El sábado a la mañana vino un especialista, un anestesiólogo, creo, con algo que haría mi vida y el trabajo de las enfermeras un poco más cómodo. Después de afeitar el área y aplicar un anestésico local, hizo una incisión en la ingle, en la vena femoral, en donde insertó un tubo con un puñado de conectores (a falta de una palabra mejor) que serviría de polo para las intravenosas y la toma de muestras de sangre. Me metieron también un catéter en el pitulín para que ya no tenga que preocuparme de mear y me presentaron una máquina que me ayudaría a respirar. Mis pulmones tenían líquido y mucha flema y yo estaba todavía demasiado débil para eliminarlos por mi cuenta. La máquina soplaba oxígeno húmedo en mis pulmones a intervalos regulares, parecidos al ritmo de una respiración normal. Si mi respiración podía mantenerle el paso, la cosa funcionaba bien, al menos por un rato, porque, tarde o temprano, la tos iba a empezar y empeorar hasta el punto que ya no podía respirar y las enfermeras tenían que intervenir. El procedimiento era muy simple, e igualmente desagradable. La enfermera quitaba la parte de la máquina conectada a la cánula en mi garganta y con un tubito muy delgado aspiraba la flema que obstruía las vías respiratorias y la pegada a las paredes de la tráquea. Describirlo como horrible, no le hace justicia. Era como ser electrocutado, acogotado y ahogado, todo al mismo tiempo, y no importó cuántas veces tenían que hacerlo (que eran varias durante el día y la noche), nunca me pude acostumbrar, ni siquiera para el final.

Los cuatro días que siguieron fueron los peores. Estaba confinado a la cama, me alimentaban por la nariz, meaba en una bolsa por un tubo, no era capaz de respirar por mi cuenta y para comunicarme tenía que usar señas o escribir mensajes en un anotador. La palabra checa para “enfermo” es “nemocný”. Si se quita el prefijo negativo ne-, queda “mocný”, que significa “poderoso” o “fuerte”. En mi vida me había sentido tan ne-mocný, en especial cuando mi mujer me visitaba y podía ver en sus ojos el estrés, frustración y agotamiento. Hubo un momento que tuve ganas de llorar, de largar todo como un buen macho tiene que hacerlo, pero no pude porque sabía que me iba a cagar la respiración de una manera que ni siquiera quería imaginarme. Todo lo que podía hacer ahora era concentrarme en mi respiración y disfrutar de los efectos de los analgésicos (y de los baños de esponja, que estaban muy bien).

Las cosas empezaron a mejorar notablemente el martes 25 de septiembre, cuando me desconectaron de la respiración asistida. Ahora ya no estaba confinado a la cama, pedía sentarme en un sillón que tenía al lado y caminar un poco (llevando la bolsa de meo, claro). Podía también respirar por mi cuenta, pero no por mucho tiempo al principio. Respirar por la garganta seca las vías respiratorias, lo que produce más flema, y ya les conté cómo termina eso. Para prevenirlo, o mejor dicho, aminorarlo, porque todavía me tenían que aspirar esa porquería, aunque con menos frecuencia con el pasar de los días, tenía que pasar una buena parte del día, y toda la noche, conectado a otra máquina. Esta tenía un tubo abierto al final y soplaba oxígeno húmedo que yo podía aspirar a través de la cánula.

El jueves 27 de septiembre, una semana después de haber sido internado, me sacaron el catéter para mear. Me sentía con más fuerzas y ya caminaba sin ayuda por el pasillo. Aprendí también a alimentarme, un proceso que consistía de: llenar jeringa de 100 ml con cóctel nutritivo, quitar tapón de la sonda, insertar jeringa en la sonda e inyectar, volver a poner tapón, volver a llenar jeringa con cóctel, quitar tapón, inyectar cóctel, volver a poner tapón, llenar jeringa con té, quitar tapón, inyectar té, volver a poner tapón. Repetir ocho veces por día. Eventualmente, algunas de las dosis de cóctel fueron reemplazadas por sopa, para que no me aburra de comer siempre lo mismo, creo.

Un día más tarde, me sacaron por fin la cánula. Ahora ya podía respirar por la nariz, como cualquier ser humano normal, y también pude volver a hablar. Lo raro fue saber que seguía teniendo un agujero en la garganta, pero estaba bien tapado y me aseguraron que no sería demasiado problema, todo lo que tenía que tener en cuenta era apretar el tapón cada vez que quería hablar o toser. Dos días más tarde, me dijeron que empiece a tomar líquidos, o al menos intentarlo. Al principio no fue del todo fácil, pero para el final del día ya había tomado dos vasos de té con pajita. Me sentía bien ya, no solo física, sino también psíquicamente. El martes 2 de octubre a la mañana, se me escaparon algunas lágrimas de alegría cuando una de las enfermeras nocturnas vino a despedirse al final de su turno y me dijo que ese día me darían el alta de terapia intensiva y me mandarían a la unidad de cuidados regulares, el último paso antes de volver a casa. Alrededor de una hora más tarde, ya no tenía la sonda en la nariz. Le pregunté a las enfermeras se mi podían dar algo para comer, lo cual hicieron con mucho gusto. Me dieron un postre de chocolate y fue una de las cosas más deliciosas que he comido en toda mi vida. También probé el cóctel nutritivo que había estado “comiendo” todos esos días, por curiosidad, no estaba tan bueno.

La unidad de cuidados regulares no estuvo mal. Por fin me daban comida en serio, caliente, preparada de una manera que me permita llevármela a la boca, que todavía no puedo abrir del todo, y las porciones eran generosas y bastante rico. Podía también ir y venir a gusto para tomar un café abajo en el vestíbulo, o comprar algo para picar. Tuve suerte también con la habitación: solamente dos camas, televisión y baño privado. Mi primer compañero de habitación fue un tío que había sido dado de alta un par de días antes de la misma UTI que yo luego de una operación para extraer un tumor en el oído. Era muy simpático y pasamos horas charlando de cualquier cosa que la conversación sugiriese, lo cual me hizo muy bien después de tantos días sin poder hablar. Lo mandaron a casa al día siguiente y la habitación quedó para mí solo. Pasé la mayor parte del tiempo leyendo y escuchando Jazz (la TV captaba también los canales digitales de la Radio Nacional Checa) o mirando huevadas en la tele hasta que me daban ganas de dormir.

El jueves a la tarde, mi mujer vino a visitarme por última vez. Acordamos encontrarnos en el café del vestíbulo y de ahí ir a la UTI para darle a las enfermeras la torta que le había pedido que haga como muestra de agradecimiento por sus cuidados. Pero ella tenía una sorpresa para mí también, Nela, nuestra hija, a quien no había visto por dos semanas. No quiso venir a verme cuando estaba en terapia intensiva, y ninguno de nosotros tuvo problema con ello, por el contrario, más allá de lo que la extrañaba, no me pareció, nos pareció, que sería bueno que me vea en esas condiciones. Cuando se enteró que ya no estaba ahí, insistió en venir. Me sentí tan feliz de verla de nuevo, de abrazarla, de oír su voz. Por suerte, nuestro siguiente encuentro no iba a tener que esperar mucho. El viernes 5 de octubre por fin me mandaron a casa.

Ahora tengo que hacer que mi vida vuelva a la normalidad y recuperar fuerzas, adelgacé 7 kg, una buena parte de ello de masa muscular, y quiero recuperarlos. Me tomará algunos días más todavía para volver a tomar cerveza, pero para ser sinceros, no la extraño tanto y, para ser sincero, no la extraño tanto y tengo cosas más importantes de las que preocuparme por el momento.

Antes de terminar, quiero expresar mi agradecimiento a la gente que me salvó la vida, o al menos intentarlo, pero no creo que hayan suficientes palabras en los tres idiomas que domino para hacerlo como me gustaría. En ningún momento sentí miedo. La manera en la que los dos primeros doctores que me vieron reaccionaron a mi condición fue suficiente para convencerme de que estaba en buenas manos, impresión que fue reforzada una vez que estuve en la UTI, en donde todos los médicos, sin excepción, me explicaron en términos claros el qué, el por qué y el cómo de lo que me harían y siempre contestaron todas mis preguntas. Se preocupaban por mí, querían que mejore e hicieron todo lo posible para lograrlo, y no ocultaron su alegría cuando vieron los resultados. Las enfermeras (y el enfermero), por otro lado, fueron más que maravillosos. Su cuidado, apoyo y esfuerzo constante para animarme fueron invalorables. Me motivaron a esforzarme un poco más para mejorarme porque quería se alegren. Todos ustedes fueron fantásticos. Gracias.

Na Zdraví!

Comentarios

  1. Uf, una entrada dura y agridulce. Menudo tormento, pero a la vez, me alegra saber del desenlace. Ojalá que toda esta infamia te haga ver la vida de una manera distinta, mejor, y que cuando tengas 80 tacos digas "mira, aquello me jodió 2 semanas, pero lo que saqué en positivo me ha durado toda la vida".

    Espero volver a brindar con usted algún día.

    Na zdraví!

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  2. Vaya película Max! Pero bueno, es agradable leerte de nuevo y ver que todo ha salido bien. Ahora en casa la recuperación será cierta y rápida. Un fuerte abrazo!

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  3. Lo he pasado hasta mal leyéndolo! Uf, que odisea! De nuevo, en serio, me alegro de que ya estés en casa y ahora a recuperarse! Un abrazo!

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  4. BO LU DOOOOOOOOOOOO!!!! Que experiencia!!!!! Estuviste mas cerca de la parca que yo cuando estuve abajo del camion! Pero ambos podemos decir que la birra nos hace inmortales! ;)
    Ojo con la recuperación, tomate todo al pie de la letra. Abrazo!

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