10/3/15

De birras por Pilsen y Bamberg


Siempre he tenido cierta debilidad por Mate's, a polotmavé pivo de Hostinský pivovar U Bizona, Čižice elaborada con yerba mate, no solo por mi nacionalidad, sino también porque es un muy buen ejemplo de cómo debería ser una cerveza con un ingrediente inusual o novedoso—sigue teniendo gusto a cerveza. El resto de su producción, sin embargo, era del tipo que no me importa tomar si me la encuentro en un bar, pero que me molestaría en buscar. Es por ello que fue para mí una sorpresa cuando, hace más o menos un mes, recibí un e-mail de Rober, el dueño de U Bizona, invitándome a unirme al grupo que estaba armando para un viaje a Bamberg a fines de febrero.

Para ser sincero, si la invitación hubiese sido para un festival o algo por el estilo, quizás no habría aceptado, pero estaba con muchas ganas de volver a Bamberg desde la primera vez que fui hace unos años, incluso si el viaje no sería más que una excursión de un día. Así que, luego de haber obtenido el permiso de la patrona, acepté la invitación y empecé a entusiasmarme.

Ya que el plan era salir a las 8 de la mañana del viernes, decidí que iría Čižice ya el jueves a la tarde para poder dormir lo suficiente. Robert me estaba esperando en la estación de tren de Pilsen. No lo conocía, y, salvo una corta conversación telefónica el día anterior, tampoco habíamos hablado nunca, pero apenas lo vi me dio la impresión de ser uno de esos tipos macanudos que solamente podés conocer en un buen bar.

Fuimos primero al bar que él tiene prácticamente en el centro de la ciudad, U Bizona. Estaba bastante lleno, y ruidoso. Me gustó. Tomé un par de birras, piqué algo y nos fuimos a Čižice. Robert vive en ese pueblo a las afueras de Pilsen con su mujer, en un departamento chico de tres ambientes encima de su brewpub.

U Bizona es un lindo boliche de pueblo. Robert lo tiene hace 12 años. En el pasado supo tener un propósito social que iba más allá de sentarse a birrear con amigos. Además del bar en sí mismo, decorado con una buena parte de la colección de viejos carteles publicitarios de chapa de Robert, hay un salón, ya fuera de uso, creo, bastante grande, con un escenario en donde se organizaban bailes y otros eventos del pueblo (me los imagino bastante parecido al baile de los bomberos de “Hoří, má panenko”, con un elenco similar de personajes coloridos).

In invierno, me contó Robert, no hay mucha actividad, apenas algunos de los lugareños que paran a tomar unas birras, mientras que la “sucursal” Pilsen, que arrancó hace algo más de un año, funciona muy bien. Lo contrario sucede en verano, gracias en gran parte a los ciclistas. Me hizo acordar un poco al brewpub the Bělec nad Orlíci.

Como aquel, U Bizona es uno de los pocos brewpubs que en donde el equipo de cocción no recibe a los visitantes, sino que se encuentra oculto en la trastienda.

No es muy bonito, la verdad. Pero Rober fue capaz de asegurarse los servicios de Lubomír Svoboda, un Maestro Cervecero con décadas de experiencia bajo la gorra, lo cual es más importante que tener una linda sala de cocción a la vista. Robert lo conoció a través de un amigo común, pero el por qué de la cervecería es todavía más interesante.

Robert tenía un empleado apodado Bizon, cuya salud se había deteriorado tanto que ya no le era posible seguir haciendo su trabajo. En lugar de despedirlo, decidió montar la cervecería y dejar que Bizon la lleve adelante, lo cual significaría un trabajo mucho menos exigente desde el punto de vista físico.

Luego de haber visto todo lo que había que ver, nos sentamos en el casi vacío salón de baile y mi anfitrión puso en la mesa muestras de las partidas de prueba de tres cervezas nuevas, todas elaboradas con yerba mate. La Lager tiene la misma receta que Mate's, pero con otro tipo de yerba, uno ahumado. ¡Estaba buenísima! Una vez más, muy bien balanceada, pero al límite, ya que el nuevo tipo de yerba es de sabor más intenso. A las otras dos, provisoriamente llamadas APA e IPA, si bien no estaban para nada mal, las encontré un poco redundantes como producto. De haber tenido el perfil lupulado que cualquiera esperaría de esos estilos, habría arruinado el propósito del ingrediente inusual, asumiendo que este y el lúpulo hubiesen sido capaces de trabajar juntos.

Seguimos charlando un rato como dos viejos amigos hasta que nos dimos cuenta que ya era bien pasada la media noche. Nos fuimos a dormir, el viernes íbamos a tener que arrancar temprano.


Dormí sorprendentemente bien (Robert había ofrecido alojarnos en su casa) y me desperté descansado y listo para ponerme en marcha.

El resto del grupo empezó a llegar después de la siete. Lubomír, el Maestro Cervecero; Pavel Karásek, dueño de Pivovar Ovipistán, que pronto abrirá en Pilsen, y Michal Staněk, el dueño de Kočovný Pivovar Holy Farm y Pivoteka pod Ořechem, en Petrov. Los otros dos miembros del grupo, Michal Horáček, alias Pivní Partizán, y Tomáš Fencl, de Pivovar Lobeč estarían llegando un poco más tarde a Pilsen en tren y los recogeríamos en la estación.

La idea de Robert de organizar un excursión con un grupo de desconocidos fue un toque genial. Prácticamente nadie se conocía. Yo me había encontrado un par de veces con Partyzán, pero al resto era la primera vez en mi vida que los veía. No me importó, por el contrario, después de todo no éramos más que un grupo de chabones yendo a tomar cerveza.

El camino a Bamberg fue casi como estar en un bar. Teníamos un cajón de cerveza en la parte de atrás de la furgoneta y la primera botella fue abierta todavía cuando estábamos en Pilsen. Algunas más cayeron en el cumplimiento del deber en las más o menos tres horas y media que nos tomó llegar a la Meca cervecera de Franconia.

La agenda era muy simple. Una visita a Wetermann seguida de cervezas en un par de boliches de la ciudad. Un plan perfecto.

Llegamos a Bamberg un poco después de las 11:30, y no tuvimos demasiado problema en encontrar la maltería. Miramos un poco y compramos un par de cosas en el centro de vistantes mientras esperábamos que Dagmar nos venga a buscar. Dagmar es una checa que hace 35 años vive en Alemania y ha estado trabajando con Weyermann por una buena parte de ese tiempo. Me había encontrado con ella en varias ocasiones y fue lindo volverla a ver.

Dagmar no dio una excursión VIP. Es un lugar impresionante, la verdad. Me encantó probar algunos de los diferentes tipos de malta que hacen y, mientras masticaba los granos, imaginarme cuántas cervezas copadas se podrían hacer mezclando algunos.

La visita culminó en la cervecería piloto que funciona en la fábrica, en donde probamos cinco o seis cervezas y un poco de Kirschwasser. Las birras estaban bastante buenas (aunque la Pils estilo checo estaba un poco demasiado delgada), hasta a la Weizen con menta peperina la veo como algo que no me importaría tomar en una tarde de verano. Fue bastante divertido, la verdad.

Pero la cata hizo que la visita a Weyermann termine siendo más larga de lo que habíamos previsto. No íbamos a tener demasiado tiempo para recorrer la ciudad.

Ya era pasada la hora del almuerzo. Luego de un debate muy, muy corto, decidimos que comeríamos en Schlenkerla y después ir a alguno de los otros templos cerveceros de Bamberg, antes de emprender el camino de regreso a Pilsne. Mahr's, lamentablemente, tendría que esperar a otra oportunidad.

¡Qué ciudad más linda que es Bamberg! No estoy diciendo nada nuevo, lo sé, pero igual vale la pena mencionarlo. Y la ausencia de multitudes la hizo todavía más linda.

A pesar de no estar repletos, ninguno de los dos salones de Schlenkerla tenía una mesa libre lo suficientemente grande como para acomodarnos a los siete. Por suerte, la camarera en el salón restaurante estaba de buen humor y abrió un pequeño salón privado para nosotros.

Fue un poco raro. La mayor parte del salón estaba ocupada por una mesa enorme (sin pararse y estirar el brazo, no era posible darle la mano a la persona enfrente tuyo. Muy siglo 19 todo, casi que podía sentir cómo mi barriga asumía una proporción rotunda y mi vello facial, proporciones Habsburguianas. Pero más allá de lo VIP que nos hizo sentir, los salones privados no tienen demasiada onda, me habría gustado estar en donde el resto estaba tomando y comiendo.

La comida fue muy alemana (pedazo grande de cerdo, chukrut, bollo), no estuvo tan buena, ni tan grande como en Au, pero cumplió con su trabajo de una manera más que suficiente. Hasta Partyzán, un vegano, quedó contento con el enorme plato de ensalada que le trajeron para pastar. Y tenían Fastenbier de barril, lo cual fue bueno, y todos se regocijaron.

Después del morfi, todavía tenía lugar para el postre. Un postre líquido, claro.

No creí que sería correcto irme de Schlenkerla sin antes tomar una Märzen dispensada por gravedad desde la ventanita del bar (me encantan los bares con ventanita, conozco uno solo en Praga, U Bergnerů, me gustaría que haya más). Eso también fue bueno, muy bueno, y Partyzán, Tomáš y yo nos regocijamos grandemente.

Nos quedaba tiempo para visitar un solo boliche. Nos decidimos por Spezial. En gran parte porque tendríamos que cruzar todo el centro de Bamberg y todos estábamos con ganas de caminar un poco.

El público vespertino todavía no había llegado, así que conseguir mesa no fue problema. Las rauchbiere llegaron rápido, en esas elegantes jarras de medio litro. Me la acordaba distinta, más seca, pero ya había tomado bastante para entonces ese día y puede que haya estado sensorialmente cansado. Pero fue que me puse a diseccionar la cerveza, la verdad, pero me habría gustado tener tiempo para otra más, para estar seguro, pero ya se estaba haciendo tarde y Robert no estaba esperando en Pilsen (suena increíble pero el tipo que organizó todo se quedó en casa porque cosas).

El viaje de vuelta fue más o menos lo mismo que el de ida. Botellas de cerveza fueron abiertas y pasadas de mano en mano. Mis intentos de dormir un poco fueron inútiles, mis dos compañeros de asiento inistían en que tenía que seguir con el escabio. Turros.

La sesión de la noche fue en U Bizona, en Pilsen. Después de probar con dos o tres de la cervezas de la casa, que no me funcionaron, me quedé con Klíšťák, una Red Ale de 13º que resultó ser ideal para la velada. Una velada que fue tan buena como puede llegar a ser cualquier velada con amigos en un bar, y más.

En el viaje, el Maestro Cervecero Luboš me contó sobre un buen amigo suyo que había vivido unos años en Argentina, trabajando para una empresa que montaba centrales eléctricas, y que le había gustado mucho la experiencia. Cuando llegamos al bar, lo llamó y me dio el teléfono, diciéndome que le hable de la manera mas argenta que me sea posible. De más esta decir que no me puse a citar a Borges o Cortázar. Le tomó a Láďa un par de segundos para que le caiga la ficha, pero cuando cayó, dejó lo que estaba haciendo y vino corriendo al bar, y tuvimos una muy divertida charla.

La noche siguió, siguió y siguió, y las cervezas fluyeron, fluyeron y fluyeron. La mujer de Robert nos llevó a todos a casa. Eran más o menos las 2 y media cuando caí en la cama.

Me desperté mucho más temprano de lo que me habría gustado, con algo de resaca—un ligero pero molesto dolor de cabeza, y el cerebro que apenas podía encontrarle sentido a un mundo que parecía estar andando un toque más rápido que el día anterior—pero nada que un poco de aire fresco, una taza de turka bien fuerte, una salchicha y medio litro de Klíšťák no pudieron solucionar.

Fue un viaje genial. Mi más sincero profundo agradecimiento a Robert por organizarlo.

Na Zdraví!

Aclaración: El almuerzo en Schlenkerla fue pagado por, básicamente, Weyermann. Las cervezas en U Bizona fueron a cuenta de la casa. Gracias a todos.

5/3/15

Comentarismo al margen


El otro día, en casa, abrí una botella de una típica ČIPE—Český India Pejl Ejl, algo así como un pariente desprolijo de la IPA—y a propósito, era una botella de medio litro, como debe ser para casi cualquier cerveza por debajo de 8% de alcohol, odio las třetinky, y tampoco soy muy amigo de las sedmičky, pero me estoy yendo de tema.

Era una cerveza nueva para mí (no importa cómo se llama, esto no es una reseña), así que presté un poco más de atención. Empezó jugosa, bastante linda y jugosa, hasta que se coló una nota mineral que fue ganando en intensidad con cada trago, hasta de volverse casi desagradablemente dominante. Pero entonces, a más o menos un tercio del final del vaso, alguien le pegó un sopapo en la nuca y le dijo que se deje de hacer el forro y que desempeñe su papel, lo cual hizo a regañadientes, y al final terminé disfrutando la cerveza, no tanto como al principio, pero sí mucho más de lo creí en un punto.

La moraleja de esto: para evaluar debidamente una cerveza, tomar es mucho mejor que catar.

Na Zdraví!

1/3/15

Un obituario doble


La pasada fue una semana triste para los amantes de los bares cerveceramente minimalistas debido al cierre definitivo de dos de ellos: U Klokočnika y Hrom do Police.

Me enteré sobre el primero cuando el otro día me di una vuelta para hacer unas fotos para el próxima edición de la Guía Cervecera para Borrachines. Había un pizarrón afuera anunciando las noticias, pero no lo tomé en serio, pensé que era una broma. Por supuesto, era verdad. Cuando pregunté, la camarera me contó que se debía al increíblemente alto alquiler—78.000 CZK + más energía, etc—y a que el local hacía rato que necesitaba reformas (a propósito, el edificio no pertenece a ningún cerdo capitalista, sino a la municipalidad de Praga 4).

Más tarde ese mismo día, un par de horas después de haber colgado la noticia en mi página de FB, leí en Pivni.info sobre Hrom do Police. Los motivos son muy parecidos: alto alquiler (más comprensible dada la ubicación) y la necesidad de muy probablemente caras reformas que nadie estaba dispuesto a pagar.

Al principio pensé que el bolichón vecino a la cárcel era la pérdida más grande ya que no hay demasiados bares en el barrio, ni hablar de bares que a mí me gustaría visitar, mientras que Vinohrady parece estar repleto de ellos. Pero después me acordé de cómo me sentí cuando hace ya casi un año me enteré que Kaaba Lucemburská iba a cerrar y me di cuenta que para los štamgasty of Hrom do Police qué tantos bares puedan tener cerca de sus casas o trabajos, ni que tan buenos o no estos puedan ser, probablemente no sea tan importante, ya que ninguno será lo mismo. Probablemente no son lugares en donde se tutean con el personal, a donde pueden ir cualquier día sabiendo que se van a encontrar con alguien con quien charlar (que en cierto modo es mejor que haber quedado con alguien). Me hizo sentir un poco triste y al final decidí que iría a Hrom do Police a tomar un par de birras de despedida, a pesar de estar medio escaso de tiempo; el boliche lo merecía.

Fui el jueves antes de tomar el tren a Pilsen. Me senté en el bar y un breve intercambio sobre la noticia que escuché entre uno de los clientes regulares y el camarero reafirmó mi idea de que los bares son mucho más importantes que la cerveza (y, hasta cierto punto, que la cerveza que sirven). Sí, tener una bodega, heladera o armario repleto de cervezas para cualquier ocasión posible, colgar fotos y notas de cata de estas en internet puede ser divertido, pero, en lo que a mí respecta, nada de eso puede siquiera acercarse a estar un lugar que no sea casa o trabajo con otra gente (incluso si son totales desconocidos), en donde la cerveza es más una excusa que un fin.

Na Zdraví!

25/2/15

Sobre Untappd


Susana la de los 2d2 dio bastante que hablar cuando dijo en FB: “No me gusta nada el Untappd. No me gusta ni qué fomenta ni en qué consiste, consideraciones cerveceras aparte; y, además, creo que es tremendamente tóxico.”

A mí tampoco me gusta Untappd, porque:

No me gusta asignar ningún tipo de puntuación a una cerveza (o cualquier otro tipo de producto). Es más, lo veo absurdo. Por un lado, porque fuera del marco de una competencia no existe ningún parámetro objetivo para una puntuación, y por otro, y más importante, porque no soy un robot y mi opinión de una cerveza va a variar dependiendo del cuándo y el dónde la tome, y hasta de quién me la sirva.

No me gusta el consumismo y la mentalidad Pokemon que fomenta, en especial con los “badges”. Sé que el usuario es libre de ignorarlos, pero están allí y el concepto es contrario a la relación que hoy tengo con la cerveza.

No me gusta la manera en que desvirtúa el significado de “share” y “drink socially”. Decir que en Untappd se está compartiendo algo o se está bebiendo en sociedad, es casi como decir que al poner un comentario en un video de YouPorn se está participando de una orgía. Es solamente onanismo semi-público. Pero, para ser justos, es un producto de estos tiempos en donde para muchos una persona o cosa al otro lado de la línea telefónica o internética merece más atención que la persona al otro lado de la mesa.

Nada de esto significa que tengo algo en contra de Untappd, simplemente que no me gusta. Hay gente que lo encuentra útil y entretenido, y me parece bien, pero yo no y, por lo tanto, elijo no participar.

Dicho todo esto, no me parece justo criticarlo por fomentar la banalidad, no porque lo veo como algo que invita a la reflexión y al pensamiento profundo, sino porque la cerveza es, por naturaleza, algo banal. No tomamos cerveza para enriquecer nuestro intelecto o espíritu, o para hacer de nuestro mundo un mejor lugar donde vivir, la tomamos por placer y gratificación—sea este el placer sensorial, de su capacidad de intoxicarnos, de coleccionar chapitas, etc. Puede que elijamos alguna marca sobre otra por motivos ajenos a lo organloléptico, pero el hedonismo siempre prevalece—nadie va a comprar una cerveza que sabe le disgustará. Aunque cabe decir que para aquellos que, como Suana, viven de algún modo de la cerveza, el producto juega en su vida un papel que no es para nada banal.

Lo que sí me parece absolutamente fuera de lugar es afirmar, o incluso sugerir, que Untappd es algo tóxico.

Independientemente de mis gustos y opiniones, Untappd sigue siendo una plataforma que permite a los consumidores hacer públicas sus opiniones, y eso es algo que jamás debería considerarse tóxico, porque de otro modo también lo serían los blogs, los sitios como RateBeer, las redes sociales y cualquier otro tipo de foro público.

Si hay algo que podría considerarse tóxico para mí es la actitud de aquellas personas, en su mayoría habitantes del otro lado del mostrador, que se niegan a aceptar las reglas del juego—el que vende un producto lo está exponiendo a la crítica pública, y el que lo compra se hace acreedor del derecho de criticarlo de la manera y por los medios que considere más convenientes—y que fomentan una retórica “nosotros contra ellos” o insultan la inteligencia del consumidor, que me parecen mucho más nocivos que una crítica mala leche. Por suerte parecen ser cada vez menos, o al menos, cada vez más la gente que no los toma en serio, esperemos que la tendencia se mantenga.

Na Zdraví!

20/2/15

Mirá vos


Para ser sincero, dudo mucho que me molestaría en ir a Haštalský dědek si no fuese el único boliche en Praga en donde puedo cambiar los vouchers que Heineken me manda para sus cervezas estacionales. No es que haya algo particularmente malo en él (aunque ser recibido por una banda de sonido compuesta por una radio pop checa tampoco es algo particularmente bueno), pero, al igual que muchos otros restaurantes y bares en hoteles, parece más un artículo obligatorio que un negocio que podría, o debería, funcionar por sí mismo, algo que casi se puede respirar.

Pero allí estuve el otro día, voucher en mano, para mis dos jarras de Krušovice Kazbek Ležák. En realidad, no tenía planeado ir, pero mi programa cambió casi al último momento y me dije “por qué no”, después de todo, esta nueva cerveza me había despertado algo de curiosidad.

Puede ser que, más allá de la curiosidad, mis expectativas no hayan sido muy altas, pero esta lager rubia "monovarietal" me gustó mucho. Me encantó como usaron este todavía nuevo lúpulo checo (el cual me gusta describir como una versión más gruñona del Saaz): tal como corresponde para una Světlý Ležák, no gritaba como Ian Gillan en los años 70, sino que cantaba como Tom Waits en esos años. Muy agradable, en serio.

Pero vino la segunda jarra...

Pivo vaří sládek ale ho dělá hospodský es lo que declara la sabiduría cervecera checa, y con mucha razón. No importa tanto lo buena que una cerveza esté en la fábrica, sino lo buena que está en el vaso. Y no solo eso, la misma cerveza va a salir diferente en diferentes bares, algo que he vivido (¿o bebido?) en innumerables ocasiones. Pero el otro día, en Haštalský dědek, debe haber sido la primera vez que lo viví (¿o bebí?) en un mismo bar.

Al primer medio-litro lo sirvió un pibe joven de una tirada. La cerveza se veía perfecta—espuma blanca espesa que te daban ganas de comerla con cuchara—y así sabía. Antes de que la termine, el pibe este se fue a tomar una pausa (era temprano a la tarde y el lugar estaba casi vacío) y fue reemplazado por una chica con uñas esculpidas. Sirvió la birra en dos tiradas, dejando que la espuma se asiente por uno o dos minutos luego de la primera.

Ya no se veía tan bien. Había un poco de gasificación visible—en la primera no había nada—y la espuma tenía un aspecto más jabonoso. La cerveza en sí había cambiado también. Había perdido algo de su balance; todavía era Tom Waits, pero más Bone Machine que Closing Time.

A su modo, fue una experiencia muy interesante que me hizo dar cuenta de lo relativamente poco que se habla de este (en mi opinión el más importante) eslabón en la cadena de producción de cerveza, y que debería aprender más sobre él.

Na Zdraví!

PD: Gracias a Heineken.CZ for la gentileza.