11/7/14

Pero, mirá lo que tenemos acá


De golpe me acordé de esa botella de Fuller's Vintage Ale 2011 que todavía tenía en la "bodega", y me dieron ganas de tomarla con algo de buena música.

Una parte de mí, sin embargo, quería, ya saben, añejarla, reservarla para un momento verdaderamente especial. La otra parte le pegó un soplamoco con una media llena de monedas de 50CZK y procedió a abrir la botella y servir la birra.

Bien hecho, otra parte. Bien hecho. Vos sí que entendés a la cerveza. ¡MÑAM!

Na Zdraví!


Es curioso


Un dueño de una cervecería "artesanal" en una entrevista hace generalizaciones estúpidas sobre las cervezas "industriales" y todos asienten y hasta aplauden. "¡Bien dicho, pibe!"

Un alto ejecutivo de una cervecería "industrial" hace (el mismo tipo de) generalizaciones estúpidas sobre las cervezas "artesanales" y esas mismas personas gritan y agitan los puños . "¿Quiénes se creen que son?"

¡Qué lo parió! ¡Cuánta razón que tuve allá por noviembre de 2011!

Na Zdraví!

26/6/14

Entonces, así es como viene la mano..


Se me ocurrió una idea, en parte inspirada por Ron Pattinson y su llamado a editoriales. Tengo varias historias dándome vueltas por la cabeza:
  • Sidra en la República Checa,
  • una visión crítica de las České Ejly, 
  • cervecerías resucitadas. Debe haber dos docenas funcionando en estos momentos. Es un fenómeno que no se ve en muchos otros países con un potencial para una serie de historias muy interesantes, incluso un libro,
  • una serie de entrevistas profundas y muy personales con viejos Maestros Cerveceros checos,
  • Brno, que de acuerdo con algunas voces, puede que sea un destino cervecero más interesante que la misma Praga (aunque con esta ya hay algo hablado).
Estoy convencido que puedo escribir todas esas historias y las puedo escribir bien. Pero la cosa es que no lo quiero hacer gratis. Estas historias no van a tener nada que ver con las huevadas que estado escribiendo últimamente, van a ser periodismo en serio (o tan en serio como escribir sobre cerveza puede ser). Al menos algunas de ellas implican viajar, encontrarse con gente hablar con ellos por un buen rato, además del tiempo para escribirlas como se debe, y me gustaría que me pagaran por todo ese laburo.

Así que, si saben de alguien que pueda estar interesado en estas historias, háganmelo saber, o díganle que me contacte. De otro modo, estas historias seguirán sin ser escritas, al menos por ahora.

Na Zdraví!

18/6/14

Reseña de Vuelta a las Raíces:Jihoměstský Pivovar y Pivovar Hostivař


Cuando me enteré que hay una línea de autobús, la 183, que conecta de manera directa a Jihoměstský Pivovar y Pivovar Hostivař decidí que visitaría a ambos brewpubs de un tirón.

El plan original era ir primero a Hostivař, ya que es mucho menos problema volver al centro desde Háje. Pero estaba en I.P. Pavlova al mediodía, muerto de hambre, y mi estómago no estaba de humor para lo que fácilmente podría ser media hora de viaje. Metro a Háje y almuerzo en Jihoměstský pasó a ser el nuevo plan. En retrospectiva, puede que haya sido un error. De haber seguido el plan original, las cosas no habrían resultado como resultaron. Pero en ese momento no tenía manera de saberlo.

Pero bueno, llegué a Jihoměstský pivovar, con ganas de comerme un caballo. Me encanta entrar en ese brewpub, hay que caminar por un pasillo largo y poco iluminado que te lleva a un espacio cavernoso con la sala de cocción a un lado, el bar al otro y en el medio, mesas largas con bancos, y me encantan las mesas largas con bancos.

Había bastante gente para la hora del almuerzo, pero encontrar una mesa libre con una buena vista al bar no fue problema. Pedí una de las opciones del menú del día, y la cerveza insignia de la casa Jihoměšťan 11°. Esta polotmavý nunca fue la gran cosa, pero siempre fue capaz de cumplir con su tarea. No en esta oportunidad. Esa cerveza no estaba buena, era como despertarse en medio de un sueño desagradable sin ser del todo capaz de acordarse de por qué era tan desagradable. Por suerte, no fue la primera cerveza del día; pocas cosas son tan frustrantes como que la primera cerveza del día, esa a la que uno le tiene más ganas, resulte no ser buena.

Le siguió la Tmavý speciál 14º, quizás mi cerveza favorita de este brewpub. Plena, sabrosa, con todas esas cositas que me gustan tanto en las lager negras.

¿¡Qué mierda es esto!? Casi grito cuando tomé el primer sorbo. No era la cerveza que tanto me gustaba y tantas ganas tenía de tomar. Esta birra era como Robert DeNiro en la mayoría de las películas que ha hecho en los últimos 10-15 años. De hecho, es todavía peor. Al menos con DeNiro, le podés mostrar a alguien que recién terminó de ver Hide and Seek alguna de las películas que con las que el tipo se ganó su bien merecida reputación para que vea qué gran actor que es. Con la Tmavý Speciál 14º van a tener que confiar en tus palabras, y no se los podría culpar si no te creen.

Al menos el morfi estuvo bueno, muy bueno, y abundante. Estaba repleto y se me ocurrió que sería una buena idea caminar un rato antes de ir al siguiente Brewpub.

De camino desde la estación de Metro había notado uno de esos carteles amarillos de los senderos ciclísticos indicando que Hostivař estaba a apenas 3,5 km. Cuando salí de Jihoměstský Pivovar decidí que lo seguiría.

Resultó ser un error.

Empezó a llover más o menos un kilómetro más tarde. Al principio eran apenas unas gotas, el tipo de llovizna que puede hacer que la caminata sea más placentera si estás en el humor adecuado, y yo lo estaba, me encanta caminar en partes no exploradas de la ciudad.

Para cuando llegué al pasaje subterráneo que cruza la ruta que separa a Jižní Město de Hostivař, la lluvia se había intensificado al punto que se que la caminata se había vuelto un tanto incómoda (debería aclarar que no tenía campera encima, ni tampoco llevaba un paraguas, es que soy así de boludo pulenta).

La cosa se empezó a poner bien fea cuando salí del pasaje subterráneo. El cartel amarillo que había esperado encontrar no estaba y el camino se bifurcaba. A la derecha, llevaba a lo que parecía ser un parque, a la izquierda, a una calle con casas a un lado y pequeño bosque al otros, que a su vez llevaba a lo que parecía ser una zona residencial. Hacía allí me dirigí, ingenuamente creyendo que ya estaba cerca de Pivovar Hostivař. No podría haber estado más equivocado.

Ya estaba diluviando cuando me di cuenta que me había perdido. Ir hasta casa, o al menos al centro, de quererlo, no habría sido problema, solo habría sido cuestión de encontrar una parada de autobús, lo cual hice, pero ninguna de las líneas que paraba ahí me podía llevar a mi destino. El problema era que no tenía la más ramera idea de dónde estaba en relación al lugar al que quería ir, y ninguno de las líneas de autobús listadas en la parada me llevaba hasta ahí. Así que seguí caminando, bajo la lluvia torrencial (pequineses de ojete estaban cayendo ya), mojándome hasta los huesos. No iba a rendirme.

Después de un rato, llegué a una pequeña plaza dominada por una iglesia. Calculo que debe haber sido la parte más vieja de Hostivař, el centro del pueblo antes de que sea fagocitado por Praga. Frente a la iglesia había un tablero informativo con un mapa que indicaba otros puntos de interés en el barrio. Me tomó un rato poder interpretarlo, el vidrio estaba muy mojado (¿les dije que estaba diluviando?) pero cuando lo logré vi un nombre que reconocía, Hornoměcholupská, la calle que pasa a un lado de Pivovar Hostivař. ¡Buenísimo! Por fin tenía idea de dónde estaba.

Me orienté con el mapa y fui hasta ahí. Entonces fue que me di cuenta de lo lejos que estaba todavía, más o menos a una parada de tranvía y varias de autobús. Tomé Hornoměcholupská y vi la parada de uno de los autobuses que van hasta el brewpub. Me sentí aliviado, hasta que vi el horario. Como no podría ser de otra manera, el bondi recién había pasado no volvería a pasar sino hasta dentro de 15-20 minutos (ya me estaba empezando a sentir un poco como el héroe de este cuento). No había refugio en la parada y ni en pedo me iba a quedar esperando tanto tiempo bajo la lluvia (¿les dije que estaba diluviando?), así que retomé el camino. Al menos ya sabía dónde estaba y cómo llegar.

Un par de cuadras más tarde me encontré con un boliche que tenía Kácov de barril. Me encanta Kácov, y una parte de mí se moría por entrar al boliche ese. “Solamente para una birra rápida”, dijo esa parte de mí. Muy tentadora la oferta, pero no. Sabía que sentarme en un lugar seco (¿les dije que estaba diluviando?) sería el final de mi odisea; me quedaría ahí y jamás llegaría a donde quería ir. Seguí caminando.

Para cuando llegué a Pivovar Hostivař, la lluvia había vuelto a ser aquella llovizna que había disfrutado varios kilómetros atrás. Me sentía bastante miserable. Debo haber parecido una toalla que sacaron del lavarropas antes del centrifugado. Por suerte, la camarera no hizo ningún comentario al respecto cuando vino a tomar mi pedido, no estaba de humor para esas boludeces.

La primera cerveza fue la 11º de la casa. La primera mitad del medio litro se desintegró en mi garganta, así que mi evaluación se basa más que nada en la segunda mitad, la parte a la cual le presté atención.

Debería haber tomado todo el jarro de un trago sin más. No estaba mala la birra, pero era un pendejo al que mandaron a hacer el trabajo de un hombre. Saben de lo que hablo, lo han visto en innumerables películas. El pendejo este supera la adversidad, encuentra fuerzas en su aparente debilidad, y sale victorioso. Lamentablemente, este no fue el caso. La realidad terminó cagando a este pibe a patadas y sin darle oportunidad para que se recupere. Pobrecito, no debería haber aceptado el desafío antes de estar listo.

Le siguió la 12º. Podría hacer la misma tonta y sobre-elaborada analogía que acaban de leer para describir a esta cerveza. Y me había gustado tanto el año pasado. ¡Puta madre que lo parió! Ninguna de las cuatro cervezas que había tomado hasta ese momento había estado al menos regular. Cerveceramente hablando, el día no podría haber salido peor. Lamenté no haber parado en el bar con Kácov, quizás todavía tenía tiempo para ir.

Pero no tenía ganas de irme, todavía estaba demasiado mojado. Pedí una H-Ale, listo para recibir otro medio litro de decepción. Por suerte, estaba equivocado. Esta cerveza fue como Han Solo volviendo para ayudar a los rebeldes a destruir la Estrella de la Muerte; fue como Gandalf apareciendo junto con los Jinetes de Rohan cuando toda esperanza había sido perdida en Helm's Deep. Casi (énfasis en casi) hizo que el suplicio haya valido la pena. Estaba tomando la primera cerveza como la gente desde que había salido del metro en Háje y me sentía mucho mejor. Tanto que me quedé para otra, seguía estando muy mojado (de hecho, creo que no me sequé del todo sino hasta la mañana siguiente), y no tenía ganas de ir a ningún lado. Esa Kácov iba a tener que esperar.

Tal fue la historia de ese día. La única cerveza buena que tomé fue una Ale, mirá vos.

Na Zdraví

Jihoměstský pivovar
50°1'53.287"N, 14°31'11.094"E
Podjavorinské 11 – Prague-Chodov
+420 222 352 242 - jihomestskypivovar@seznam.cz
Mon-Thu: 11-23, Fri: 11-24, Sat: 12-24, Dom: 12-22:30
Metro C: Háje, and any of the many buses that go there.

Pivovar Hostivař
50°2'46.970"N, 14°32'57.688"E
Lochotínská 656 – Prague-Horní Měcholupy
+420 702 202 903 - info@pivovar-hostivar.cz
Mon-Sun: 11-23
Bus: 125, 175, 183 – Řepčická

13/6/14

Solamente un cuento, nada más


Tenía 9 años el verano en que mi madre tuvo que se internada en el hospital. No se había estdo sintiendo bien desde más o menos el fin del año escolar, pero se negaba a ir al doctor, insistía que todo lo que le hacía falta era un poco de descanso y que estaría mejor después de nuestras vacaciones. Estaba equivocada.

Los doctores no estaban seguros de cuánto tiempo iba a tener que estar ahí. Todo dependía de qué tan bien se recuperaría de la operación, decían. Eso no parecía preocuparle a mi madre tanto como quién me cuidaría mientras ella estaba internada. Mi padre había empezado a trabajar en un proyecto muy importante y no podía tomarse días libres. Mis abuelos maternos estaban en el extranjero, visitando a mi tío, y no volverían sino hasta más o menos una semana más tarde. (Luego me enteré de que mi padre ni siquiera les dio la noticia. Los doctores le habían asegurado que se trataba de un procedimiento de rutina, que todo saldría bien, y mi padre no quería preocupar inútilmente a sus suegros). Mandarme a un campamento de verano estaba fuera de toda consideración. Sería casi imposible encontrar uno con tan poco tiempo de anticipación, y dudo también que podríamos habernos permitido ese lujo. Nuestra única alternativa, entonces, eran mis abuelos paternos.

No los visitábamos muy seguido. No solo porque vivían lejos, en un ciudad pequeña, en los tiempos en los que las distancias eran más largas, sino porque mi padre no se llevaba del todo bien con el suyo. Pero, como ya he dicho, no había otra opción.

Mi padre se las ingenió para convencer a sus jefes que le den un par de días libres y salimos para lo de mis abuelos al día siguiente de la internación de mi madre, luego de visitarla. Estaba de buen humor, contenta de que alguien me cuidaría (y quizás aliviada de que mi padre no me alimentaría—cocinaba horrible).

Llegamos a lo de mis abuelos cuando era casi de noche y mi padre se fue de vuelta a la mañana siguiente, tan temprano como era educadamente posible. Todavía me acuerdo de la tensión cuando se estaba despidiendo de mi abuelo. Era como si el viejo tuviese ganas de decir algo reconfortante, pero no era capaz de encontrar las palabras que mi padre esperaba, pero al mismo tiempo no tenía ganas de que lleguen.

No fue sino hasta que lo vi irse con el auto que en serio me di cuenta de la situación. Mamá en el hospital, muy enferma, y yo tendría que pasar vaya uno a saber cuántos días con estas dos personas a quienes no conocía mucho mejor que al panadero de mi barrio. De repente me sentí abrumado por una mezcla de emociones: una pizca de tristeza, un taza de angustia y un chorrito de entusiasmo, nunca había estado separado de mis padres por tanto tiempo.

Después de que mi abuelo se retirase a su taller, mi abuela me puso una mano en el hombro y dijo lo esperado: que todo iba a estar bien, que no tenía que preocupar, que me iba a divertir mucho con ellos, y que hasta haría nuevos amigos... A lo mejor lo recitaba más para ella misma que para mí.

Era una buena mujer, mi abuela. La arquetípica señora mayor de cuidad chica, de buen carácter pero que se escandalizaba con facilidad; casi nunca se aventuraba más allá de los confines de su pequeño mundo, satisfecha con cuidar la casa y el jardín, chismear con las vecinas y retar gentilmente a su marido en cada oportunidad.

Esa debe haber sido la razón por la cual, cuando estaba en casa, mi abuelo, bastante arquetípico también, pasaba tantas horas en su taller, haciendo que trabajaba, mientras escuchaba la radio o leía el diario. Y gran parte del tiempo que no pasaba ahí, o paseando con el backstreet terrier que tenían, lo pasaba en el bar de la fábrica de cerveza local.

Había trabajado toda su vida ahí como tonelero, tal como lo había hecho su padre antes que él, y su padre antes que él también (y muy probablemente algunas generaciones más). Quizás ahí estaba la raíz de la relación complicada con su hijo, quien en lugar de continuar con la tradición familiar, eligió su propio camino. No creo que mi abuelo haya estado resentido, me parece más que nada que la decisión de mi padre le hizo darse cuenta que la suya era una raza en extinción, algo que pocos hombres toman a la ligera.

En el bar era una persona completamente diferente. En casa era muy económico con sus palabras, pero ahí hablaba mucho, y reía mucho, también. Tenía una risa contagiosa que sonaba como si viniese del fondo de uno de esos enormes barriles en los que había trabajado alguna vez.

Me encantaba acompañarlo al bar. No había otros chicos con quienes jugar, pero los amigos de mi abuelo eran muy buenos conmigo, y me divertía escuchar sus historias (y los chistes verdes, que me hacían siempre prometer que no repetiría, pero que igual trataba de memorizar para compartir con mis amigos, a pesar de que no los entendía mucho entonces), y mi abuelo siempre me dejaba tomar un poco de su cerveza. Me encantaba el sabor, más quizás que la gaseosa que el barman me daba, siempre a cuenta de la casa.

Terminé quedándome con ellos casi dos semanas, y sí que me divertí mucho, y hasta hice un par de amigos. La operación de mi madre salió bien. Le dieron el alta después de una semana, pero mi padre decidió que sería mejor darle unos días más para que se recupere bajo el cuidado de su madre, mi abuela.

El día antes de que me vaya, mi abuelo me preguntó si tenía ganas de ir a ver la fábrica de cerveza. Le dije que sí, pero más por el entusiasmo en su cara que por mi propio interés en la materia, y también porque mi abuelo era una compañía muy divertida. Al final me quedé bastante impresionado, todo me pareció enorme y antiguo, aunque la sala de cocción tenía, en ese momento, apenas un par de décadas.

Nuestro guía fue uno de los amigotes de mi abuelo, que resultó ser el maestro cervecero. La excursión terminó en los sótanos, en donde el maestro cervecero hizo aparecer un jarro metálico casi tan grande como mi cabeza. Lo llenó con cerveza de uno de los pocos barriles que quedaban y dio un largo trago, se limpió la espuma con el reverso de la mano y sin decir palabra le pasó el jarro a mi abuelo, que procedió de exactamente la misma manera. Para mí, era como observar una ceremonia y casi reventé de entusiasmo cuando el jarro pasó a mis manos. Al igual que los hombres antes que yo, di un trago largo, teniendo cuidado de no derramar nada encima mío por temor a arruinar el ritual de iniciación del cual me sentía parte. El maestro cervecero me felicitó, y a mi abuelo, por lo bien que había manipulado el jarro y me preguntó si la cerveza me había gustado. ¡Me había encantado! Sabía muy diferente a la del bar, era como si algo estuviese temblando en mi boca.

Los dos hombres se pusieron a charlar sobre cosas y gente de la cervecería y yo seguí tomando. Debo haber bajado más de medio litro para cuando su atención volvió a ser dirigida hacia mí. Esa fue la primera vez que me emborraché. Fue una sensación extraña, pero no desagradable, como si la realidad hubiese perdido algo de su sincronización; los sonidos, que parecían venir de atrás de una puerta, eran un poquitín más rápidos que las imágenes, y también me sentía como si estuviese caminando en colchón duro.

Mi abuelo se debe haber dado cuenta de lo que me estaba pasando y, después de darme una gaseosa para tomar, me llevó de nuevo a casa. Se río la mayor parte del camino y dijo que sería mejor no decirle nada a mi abuela, ni a mis padres. No recuerdo mucho del resto del día. Cuando llegamos a la casa, mi padre ya estaba ahí. Me quedé dormido en el sofá, y no me desperté sino hasta la mañana siguiente, en la cama.

Me padre se había levantado antes que yo. Estaba en la cocina desayunando y hablando con sus padres, o mejor dicho, con su madre. Cuando me vieron entrar en la cocina, frotándome los ojos, mi abuelo volvió de sus pensamientos y empezó a contarle a mi padre de lo muy bien que me había portado, y el tipo de cosas que hacen que un chico de esa edad se sienta al mismo tiempo orgullo y avergonzado; también me hizo prometer que volvería para pasar unos días con ellos de nuevo.

Y lo hice. A partir de entonces, y por los siguientes cinco años, fui cada verano a pasar con ellos al menos una semana. Y cada vez, en el último día de mi vista, iría con mi abuelo a la cervecería y repetiríamos la ceremonia, con prácticamente los mismos resultados.

La cervecería cerró hace algunos años, o mejor dicho, fue cerrada por sus propietarios multinacionales porque estaban en la búsqueda de una mejora en los efectos positivos de las sinergías, o alguna estupidez corporativa por el estilo (en cierto modo, estoy contento que mi abuelo no vivió para ver eso); la marca, por otro lado, se sigue elaborando (las marcas, después de todo, son más sinérgicas que los edificios, los equipos y la gente).

Sigo tomando esa marca, y sigue siendo una de mis favoritas, para la gran consternación de mis amigos conocedores de cerveza. No paran de decirme que estoy equivocado, de que la cerveza no se hace en la ciudad que le dio su nombre, sobre los ingredientes, los procesos y qué se yo qué más. Como si no lo supiese ya.

Son ellos los que se equivocan. La cerveza no se trata de todo eso, al menos no esta cerveza, y al menos no para mí, es más que el resultados de la suma de todos esos datos. Para mí esta cerveza sigue sabiendo a ese verano, las emociones mezcladas, las tardes en el bar y las carcajadas barítonas de mi abuelo, y la primera vez que me emborraché. No he sido capaz aun de encontrar una cerveza sea remótamente parecida, y dudo que alguna vez la encuentre, al menos no hasta que mi hijo tenga la suficiente edad para ser demasiado chico para emborracharse.